domingo, 8 de marzo de 2009

Por Mario Vargas Lloosa

Uno de los más hermosos poemas que escribió Luis Cernuda se llama “Birds in the night” y está dedicado a Verlaine y Rimbaud. O, mejor dicho, a la “farsa elogiosa repugnante” de que suelen ser víctimas, después de muertos, los poetas que, malditos y marginados en vida por sus malas costumbres, excesos, violencias y provocaciones, son luego convertidos en glorias nacionales.
Celebrados por “embajadores y alcaldes”, merecen bustos y placas como la que el gobierno francés (“¿o fue el gobierno inglés?”) colocó en el número 8 de Great College Street, Camden Town, Londres, la modestísima casita donde por unas semanas el poeta borracho y cincuentón y el adolescente insolente y genial “vivieron, trabajaron, fornicaron” gozando de una libertad que pagarían luego carísimo.
El poema de Cernuda destila una cólera helada, que se traduce en contenidas imprecaciones, desesperación, desprecio, y, como paréntesis de sol en la tormenta, delicadas imágenes de conmiseración por el destino de ese par de provocadores a los que la posteridad –los políticos, los dignatarios culturales, los esnobs y el establecimiento en general- recuperan para el patriotismo y el orgullo nacional, emasculándolos de este modo de todo aquello que, mientras vivían, merecía asco, odio y rechazo de la moral, la religión y los valores entronizados.
Me trajo a la memoria este poema la noticia de que el gobierno argentino se proponía repatriar los restos de Jorge Luis Borges del cementerio de Plainpalais, en Ginebra, donde reposan –una linda y acogedora placita que tiene el semblante de todo menos de un camposanto- y llevarlos a Buenos Aires para enterrarlos en el pretencioso cementerio de La Recoleta.
La idea, por lo visto, contaba con el apoyo de la propia Presidenta argentina, la señora Cristina Fernández de Kirchner, y de su marido, el ex Presidente Kirchner, que –es comprensible y en cierto modo inevitable- no querían perder la ocasión de darse un baño de cultura y popularidad presidiendo el fasto, en el que, quién lo duda, habría habido discursos, banderas, acaso cornetas, y adjetivos como “poeta ínclito”, “cuentista mágico” y “ensayista trascendental”.
El proyecto fue presentado en el Congreso por la diputada peronista María Beatriz Lenz y como su partido tiene mayoría parlamentaria es seguro que hubiera sido aprobado: ¿cómo perderían la oportunidad esos legisladores, ellos también, de darse otro baño de cultura? De este modo, todo parecía bien encaminado para el gran esperpento: el cadáver de Borges elevado a los altares de la inmarcesible nación que le dio el ser por un gobierno que encarna de manera emblemática todo lo que la vida y la obra de Borges rechazan y escarnecen: la demagogia, el populismo, el mal gusto y la vulgaridad.
María Kodama, la viuda del escritor, se opuso a la repatriación, alegando que Borges decidió al final de su vida, en plena posesión de sus facultades, marcharse de Argentina, para morir en Suiza, un país donde había vivido y estudiado de adolescente y al que guardó siempre mucho cariño. “En democracia –declaró- ninguna persona de ningún partido puede disponer, o intentar disponer del cuerpo de una persona, que es lo más sagrado, frente a otra que ha dado y sigue dando su vida por su amor”.
María Kodama tiene toda la razón del mundo, desde luego, pero acaso dio muestras de excesivo optimismo calificando de “democracia” ese sistema sui generis en el que, en cada elección, resultan disputando y repartiéndose el poder unas cuantas facciones y pandillas peronistas ante la lastimosa impotencia de la pigmea oposición. En todo caso, quedan en la patria de Borges bastantes argentinos cultos y decentes que apoyaron a María Kodama e impidieron que se llevara a cabo ese ultraje póstumo contra la figura intelectual más ilustre nacida en Argentina. En efecto, la diputada María Beatriz Lenz retiró su proyecto, al menos por ahora, pero no es imposible que alguien lo resucite en el futuro.
(En el Perú, de tiempo en tiempo, algún diputado propone también repatriar los restos de César Vallejo).Es verdad que las circunstancias han hecho de Borges una “gloria nacional” porque ése es el destino que espera a todos los seres humanos que por su talento, sus virtudes, su genio, prestan un gran servicio a la humanidad en los dominios de las ciencias, las artes o las letras: ser inmediatamente nacionalizados y trasmutados en motivos de exaltación patriotera....
LiberPress/ Diario La Nación- Al ganador se le permite cualquier cosa, pensó Hugo Chávez, y en su discurso citó al mismo tiempo a Perón y a Borges para darse aire y ufanarse a su gusto, como si allá en el Cielo las almas de aquellos dos argentinos que tan poco se amaron en la Tierra se hubieran olvidado de todo y se estuvieran abrazando, eufóricas y dando saltos de alegría, por la noticia de que el Comandante ahora puede ser reelegido por los siglos de los siglos en Venezuela y, por lo tanto, en toda América.Si hay otra vida, tal vez Perón y Borges sean amigos en ella, pero suena difícil.
Tal vez el escritor haya olvidado que el General lo degradó al rango de inspector de aves en 1946 y tal vez haya comprendido, por fin, que no tenía nada que temer en 1973, con el Operativo Retorno, pero es poco probable, en cambio, que Perón haya digerido esta frase de Borges: "Las dictaduras fomentan la opresión, el servilismo y la crueldad, pero más abominable es el hecho de que las dictaduras fomenten la idiotez".Idiotas más, idiotas menos, a Chávez no le preocupó esta cuestión de forma.
"Se viene una Venezuela potencia, al estilo de la Argentina potencia de Perón", dijo con una parte de la boca, y con la otra apeló a la unidad de los venezolanos (bajo las órdenes de Chávez) con la Oda escrita en 1966 , de Borges, del "grandísimo escritor de la patria argentina, pero de la patria nuestra, de la gran patria".En una escala de uno a cien, la posibilidad de que a Borges le hubiera parecido inconsistente la figura de Chávez si hubiera tenido ocasión de conocerla y juzgarla está en el orden de los 99,9 puntos. Pero Chávez no cree en las verdades contrafácticas y prefiere pensar que el autor de El aleph , por el contrario, hubiera cedido al encanto de su gracia inefable.Pero aun en el caso de que lo hubiera seducido, Borges se hubiera extrañado de la cita y de la manera en que fue citado. En el poema dice: "Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete que, alto en el alba de una plaza desierta, rige un corcel de bronce por el tiempo".
Si Chávez, que es militar, se puede equiparar a la figura del jinete en el corcel de bronce, entonces Borges dice que ni siquiera Chávez es la patria. Y lo que Chávez ha buscado, desde siempre, es ser equiparado con la patria, es ser visto como padre y no hijo de la patria, superior a Bolívar y a Fidel, y también, por supuesto, a Borges y a Perón.Hay un pasaje del poema, sin embargo (más allá del conocido "nadie es la patria, pero todos lo somos") que se le ajusta a Chávez divinamente. Es cuando dice: "La patria, amigos, es un acto perpetuo, como el perpetuo mundo". Se le ajusta, claro, siempre que el acto perpetuo sea Chávez.

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