lunes, 19 de mayo de 2014

JOSE MARTI


Poco tiempo después del Pacto del Zanjón – que más que paz fue encono, según José Martí -, cuando los cubanos debimos hacer una valoración crítica de la guerra en el propio escenario de los sacrificios supremos, el Capitán General Martínez Campos (“El Pacificador”), descubrió una transitoria válvula de escape a la crisis; el puente de plata para los adversarios políticos; el exilio.
José Martí, futuro líder de la independencia y de la espiritualidad de la nación, apenas un niño, en tiempos de la Guerra Grande, mientras más de doscientos cincuenta mil cubanos entregaron la vida a la causa por la independencia, que no había podido hacer más que tirarle una cáscara de naranja a un soldado español, por lo que había ido a la cárcel y escrito allí bellos versos y estremecedores relatos, andaba por el mundo cargado de nostalgia, soñando la patria - vivir por Cuba en cuerpo y alma no es lo mismo que sobrevivir en Cuba en carne viva - con la fuerza de un creador divino, se lanzó, cargado de ideales a entrelazar las ramas de los pinos nuevos con los viejos robles a fin de hacer la que él llamara “la guerra necesaria” por la independencia de Cuba.
“Juntarse es la palabra de orden”[1], dijo.  “Haremos los cubanos una revolución por el derecho, por la persona del hombre y su derecho total, que es lo único que justifica el sacrificio a que se convida a todo un pueblo”[2], expresó quien, el primer día de combate, convencido de que todo el que da luz se queda sólo - "puedo morir mañana", había escrito el día anterior al fatídico de Dos Ríos-, cayó de su caballo mortalmente herido para levantarse desde entonces un mito hasta hoy inalcanzable para los cubanos.

“O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, - o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños”[3] …“Que cada opinión esté representada en el gobierno… que no se vea obligada a ser la oposición … ni influir en el gobierno como enemiga obligada, y por residencia, sino de cerca, con su opinión diaria, y por derecho reconocido. Garantía para todos. Poder para todos.”[4]
Máximo Gómez, Generalísimo en Jefe, del Ejercito Libertador, cree en la centralización del poder, sin que tenga cabida ninguna institución civil:
 “Acaso se puede citar una revolución en el mundo que no tenga un dictador”, exclamaba. “Martí, limítese Ud. a lo que digan las instrucciones, y lo demás, el general Maceo hará lo que debe hacerse”, le ordenó al Delegado, cuando lo comisionó, junto al Lugarteniente General, a procurar  el apoyo del Presidente de México.
Antonio Maceo, ya en campaña, procuró mantener alejada la tropa del verbo elocuente del que ya reconocían como “El Presidente”, con el propósito de que no fueran convencidos por la lengua liberal del “Capitán Arana”, como despectivamente llamaban los caudillos al líder liberal.
Cuando Martí llegó a Estados Unidos se impresionó con el desarrollo económico y el sistema político existentes. “En The Hour de Nueva York, del 10 de julio de 1880, expresa: “Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida [...] Nunca sentí sorpresa en ningún país del mundo que visité. Aquí quedé sorprendido [...]”[5]
José Martí conocía la carta de los derechos del ciudadano, el discurso de respeto a las minorías y a la diversidad.  Y consiente de “que la tiranía es una misma en sus variables formas”[6] , que el Gobierno debe ser la mayor reflexión sobre la imperfecta naturaleza humana”[7], viendo el sable en el puño de los militares y las órdenes brotando, como fallos inapelables, de sus discursos políticos, le había escrito a Máximo Gómez:
“No se funda, General, un pueblo como se manda un campamento”[8]. Y más adelante escribió: “Gobierno no es, sino la dirección de las fuerzas nacionales de manera que la persona humana pueda cumplir dignamente sus fines”[9]   y el 5 de mayo de 1895, catorce días antes de caer en combate dijo en tono herido al ver cómo Gómez y Maceo hablaban a solas, bajito, a sus espaldas: “va a caer la noche sobre Cuba”[10]
José Martí apeló a la unidad y fracasó en su proyecto libertario. Significativamente los Padres Fundadores de la Constitución Norteamericana defendieron la diversidad y el derecho de las minorías a ser tratados igual y triunfaron. Martí creyó que la guerra era la paz del futuro. Desde el exilio veía la independencia de Cuba como el objetivo inmediato y los sacrificios de la guerra como un proceso de purificación, donde todas las miserias y conceptos equivocados serian sanadas. Convocó a la unidad a todos los elementos, ignorando el peligro de que cuando la UNIDAD adquiere forma de gobierno, al presuponer un mando centralizado, obediencia ciega, el sometimiento a la idea única, limita contornos, fija posiciones dogmáticas, no admite discrepancias y, a fin de cuentas, elimina la palabra libertad, el respeto a la diversidad  y a las minorías.
La DIVERSIDAD, por el contrario jamás define bordes, no completa las ideas, para siempre volver a ellas con nuevos bríos, porque es de pensamiento abierto. El respeto a las minoría significa darle a un elemento el valor del todo, oponerse a la dictadura de la mayoría, porque el bien supremo es la persona humana, su dignidad, su plenitud, no la el poder.
José Martí tenía un ideal – tener un ideario no significa tener un sistema de pensamiento - de una Cuba futura, pero le faltó, además, el marco apropiado – un pacto social que se erigiera en asamblea constituyente - para delinear y consagrar una clara concepción del estado y del derecho donde se consagraran, como ley primera, los derechos fundamentales del ciudadano y se establecieran las competencia de los órganos de gobierno, como si lo pudo hacer Ignacio Agramonte en Guáimaro. Y, en su defecto, se encontró en La Mejorana con un Máximo Gómez y un Antonio Maceo que pretendían un mando vertical a la revolución que andando el tiempo ha devenido en sucesivos gobiernos dictatoriales.
Peor aún, los revolucionarios isleños nunca tuvieron una concepción autóctona de lo que debería ser el estado y el derecho cubanos. En Guáimaro, constituyente de la Republica en Armas, se procuró una forma de gobierno que en realidad era una copia de las instituciones europeas y norteamericanas, que no se ajustaban a las necesidades de un país donde el estado no surgió como un medio para organizar mejor la cosa pública, sino como instrumento de saqueo y dominación.

Lograda la independencia, la Constituyente de 1902, se realizó bajo la ocupación  norteamericana. Solo en 1940 se procuró una concepción del estado y el derecho con instituciones autóctonas, como el Tribunal de Cuentas, para combatir la corrupción, pero que en realidad fue letra muerta, entre otras cosas, por la rigidez de un cuerpo legal que reflejaba  instituciones propias de una ley orgánica, en vez de consagrar normas flexibles, capaces de someterse a sucesivas interpretaciones históricas, como corresponde a una constitución.

 Se acumularon los conflictos sociales y en 1952 el dictador Fulgencio Batista rompió la institucionalidad con el golpe de estado del 10 de marzo. Por último el castrismo hizo consagrar una mal llamada constitución que en su Artículo 5 abdica su condición de ley suprema a favor del Partido Comunista, lo que ha hecho que el estado, gobierno y sociedad sea dirigido por una doctrina que se ha creído la verdad del mundo.

Este déficit de originalidad en el discurso histórico cubano, no solo se observa en cuanto a la concepción del estado y el derecho. Alexis Jardines, en su obra Filosofía Cubana in nuce, expresa:

“A pesar de que la versión oficial, presupone sin más, la existencia de un pensamiento filosófico bien definido, con su tradición, su historia y su originalidad, los historiadores de las ideas  son muy cuidadosos a la hora de hablar de “filosofía cubana”. Siguiendo a Medardo Vitier, la expresión habitual en estos casos es “la filosofía en Cuba.” Lo cual denota la estancia de la Filosofía entre nosotros. Si exceptuamos algún que otro artículo menor, como el de Waldo Ross – y puede verificarse el dato – todas las obras de historia de las ideas en Cuba que se centran en el tema de la filosofía cubana evitan, en sus títulos, el reconocimiento tácito de una filosofía cubana (a pesar de que no dudan en admitir su existencia toda vez que pasan al desenvolvimiento del contenido). La utilización del giro “la filosofía en Cuba” en vez de la “la filosofía cubana” hace patente  que de lo que se trata en realidad es de la recepción de la filosofía en Cuba y  nunca de una filosofía autóctona”… “de una filosofía cubana, en rigor, solo puede hablarse hacia la década de los 40 – 50 del siglo XX, justo el periodo más olvidado y subvalorado por nuestra historia filosófica”.[11]



[1] Obras Completas, tomo 6, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1975, páginas 15-23.
[2]  Roberto Agramonte. Ob. Cit.
[3] José Martí. Discurso pronunciado en la ciudad de Tampa, el día 26 de noviembre de 1891.
[4] José Martí. Fragmentos de apuntes. Nueva York (entre 1885 y 1895). Obras Completas. Tomo 22. Páginas 108 a 109
[5] José Martí, Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 19, p. 106 – 107
[6]  Carlos Ripoll. José Martí, Letras y huellas desconocidas. Peg. 97, Elise Torres & Sons. New York. 1976.
[7] Madison. Ensayo 51. El Federalista.
[8] José Martí. Carta al General Máximo Gómez de fecha 20 de octubre de 1884.
[9] José Martí. Artículo "La próxima exposición de New Orleans." La América. Nueva York, mayo de 1884. Tomo 8. Página 369.
[10]  Roberto D Agramonte. Martí y su concepción de la sociedad. Editorial de la Universidad de Puerto Rico. 1984. Tomo 2, Pág. 97.
[11] Alexis Jardines. Filosofia cubana in nuce. ensayo de historia intelectual. editorial colibri. madrid, espana. pag. 11-12.

miércoles, 30 de abril de 2014

EL SOBERANO ES EL HOMBRE

El hombre no es medio para fin alguno aunque éste sea el bien intencionado propósito de construir un paraíso en la tierra; el fin es el hombre, porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza.

En un principio, cuando no se explicaba los fenómenos, el hombre se ataba a la voluntad divina. En la antigua Gracia y Roma no se hablaba de soberanía. El concepto se forja en la Edad Media  en lucha con la Iglesia, y los grandes señores. Surgió como un elemento defensivo, después para extender el poder de los estados hasta llevarlo a planos absolutos.

En las monarquías absolutas la soberanía  corresponde al Estado, el cual a su vez lo identifica con el rey («El Estado soy yo», dijo Luis XIV). De ahí que el monarca sea llamado soberano, denominación que aún perdura, como una rémora del pasado. El liberalismo subvirtió el concepto y concibió dos modalidades de ésta: una, revolucionaria, en la que el pueblo, considerado como un conjunto de individuos, ejerce el sufragio universal (la soberanía popular); otra, conservadora, que reside en un parlamento (donde se concentra la voluntad de las clases o castas dominantes) de voto censitario (la soberanía nacional).

Según la clásica definición de Jean Bodin, recogida en su obra de 1576 Los seis libros de la República, soberanía es el «poder absoluto y perpetuo de una República»; y soberano es quien tiene el poder de decisión, sin mas ataduras que a la ley divina o natural.

Esta inicial definición muestra en síntesis la amplitud del concepto que, como tal, viene perdurando a través de los tiempos. Soberanía es, sobre todo, un concepto dinámico. Sufre en el camino de la historia variaciones en su intento de justificar el sujeto de la soberanía (el  Ciudadano,  el Señor, el Pueblo, la Nación, el Estado, el Partido).

Thomas Hobbes suprimió la dependencia de la ley natural que Jean Bodin trazaba en su definición de soberanía y constituyó al soberano en única forma de poder. De este modo, en su tratado más famoso,  Leviatán, publicado en  1651, justifica filosóficamente la existencia del autoritarismo estatal. Si bien habría que precisar que la Ley Natural no es ajena a las teorías de Hobbes. Dice éste que:

 «la Ley de la naturaleza y la ley civil se contienen una a otra, y son de igual extensión (…) Las leyes de la naturaleza, que consisten en la equidad, la justicia, la gratitud y otras virtudes morales que dependen de ellas, en la condición de mera naturaleza no son propiamente leyes, sino cualidades que disponen los hombres a la paz y la obediencia».

Tras estas reflexiones, concluye Hobbes que:

 «la ley de la naturaleza es una parte de la ley civil en todos los Estados del mundo (…) Cada súbdito en un Estado ha estipulado su obediencia a la ley civil; por tanto, la obediencia a la ley civil es parte, también, de la ley de la naturaleza. La ley civil y ley natural no son especies diferentes, sino parte distintas de la ley; de ellas, una parte es escrita, y se llama civil; la otra no escrita, y se denomina natural».

En 1762, Jean-Jacques Rousseau  retomó la idea de soberanía pero con un cambio sustancial. El soberano es ahora la colectividad o pueblo, y ésta da origen al poder enajenando sus derechos a favor de la autoridad. Cada ciudadano es soberano y súbdito al mismo tiempo, ya que contribuye tanto a crear la autoridad y a formar parte de ella, en cuanto que mediante su propia voluntad dio origen a ésta, y por otro lado es súbdito de esa misma autoridad, en cuanto que se obliga a obedecerla.

Así, según Rousseau, todos serían libres e iguales, puesto que nadie obedecería o sería mandado por un individuo, sino que la voluntad general tiene el poder soberano. Es aquel que señala lo correcto y verdadero y las minorías deberían acatarlo en conformidad a lo que dice la voluntad colectiva. Esta concepción rusoniana, que en parte da origen a la Constitución Norteamericana y a la revolución francesa  e influye en la aparición de la democracia moderna, paradójicamente, permitió las dictaduras de las mayorías y generó actitudes irresponsables y el atropello a los derechos individuales y de las minorías. Solo la primera constitución del mundo, la única que ha prevalecido en el tiempo, la Constitucion Norteramericana, fue capaz de prever la inconsecuencia de la concepción rusoniana, y consagro los derechos fundamentales del ciudadano en la misma, a fin de evitar los abusos del poder del estado, el menoscabo de los derechos del ciudadano, el verdadero soberano, porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza.

WE THE PEOPLE

Jean Jacques Rousseau, en El contrato social, atribuye a cada miembro del Estado una parte igual de lo que denomina la «autoridad soberana» y propuso una tesis sobre la soberanía basada en la voluntad general. Para Jean Jacques Rousseau el soberano es el pueblo, que emerge del pacto social, y como cuerpo decreta la voluntad general manifestada en la ley.

El sufragio universal se convierte en un derecho fundamental y la condición ciudadana es igual para todos con independencia de cualquier otra consideración, salvo las limitaciones de edad o juicio.

El término soberanía popular se acuñó frente a la tesis de la soberanía nacional. La Constitución  Norteamericana fue la primera que estableció que la soberanía reside en el pueblo: We the people. Su existencia merece un estudio particular, porque dicho cuerpo fue capaz de introducir una Carta de Derechos del Ciudadano, que ha evitado la dictadura de las mayorías, lo que le ha permitido no solo ser la primera, sino la única que se ha mantenido en el tiempo por siglos y sigue siendo la fuente las más importantes de los instrumentos jurídicos internacionales y de las teorías más moderna del derecho.

SOBERANIA NACIONAL

Frente a la idea de la soberanía popular, el abate Sieyès  postuló que la soberanía radica en la nación y no en el pueblo, queriendo con ello expresar que la autoridad  no obrara solamente tomando en cuenta el sentimiento mayoritario coyuntural de un pueblo, que podía ser objeto de influencias o pasiones desarticuladoras, sino que además tuviera en cuenta el legado histórico y cultural de esa nación y los valores y principios bajo los cuales se había fundado. Además, el concepto de nación contemplaría a todos los habitantes de un territorio, sin exclusiones ni discriminaciones.

 Sieyès indicaba que los parlamentarios son representantes y no mandatarios, puesto que éstos gozan de autonomía propia una vez han sido electos y ejercerán sus cargos mediando una cuota de responsabilidad y objetividad al momento de legislar; en cambio los mandatarios deberian realizar lo que su mandante le indica, en este caso el pueblo.

Así, de Rousseau nace el concepto de soberanía popular  mientras que del abate Sieyès nace el de soberanía nacional. Ambos conceptos se dan indistintamente en las constituciones modernas, aunque después de la Segunda Guerra Mundial ha retomado con fuerza el concepto de soberanía popular que se mira como más cercano al pueblo, que es, en definitiva, de donde deben brotar todos los poderes.

El principio de Soberanía Nacional ha servido de fundamento para que el pueblo se limite a elegir cada cierto, y muchas veces inciertos, números de años, a quienes han de formar la voluntad nacional con plena libertad, mientras el principio de de Soberanía Popular, legitima el poder estatal sobre el axioma de su titularidad por el pueblo, asentado en el consentimiento de los ciudadanos, quienes podrán determinar la acción de los elegidos.

 El principio de Soberanía Popular ha quedado vinculado históricamente al sufragio, al imperio de la ley, a un entendimiento de la democracia en que la participación del ciudadano no puede quedar reducida a elegir a sus gobernantes cada cierto número de años, sino a condicionar las decisiones de éstos. Sin embargo, el "poder constituido" del pueblo se confunde maliciosamente por los gobernantes, con el principio de Soberanía Nacional - gracias a la madre de los estados modernos, la revolución francesa, que consagró en La Constitución de su V República que "[l]a soberanía nacional pertenece al pueblo francés, que la ejerce por medio de representantes, por la vía del referéndum". En fin, estos "elegidos" se han constituidos en los soberanos del pueblo en vez de ser los representantes del pueblo soberano.
En consecuencia la voluntad del pueblo ya no es la suma de la voluntad de cada uno de los ciudadanos, sino la de sus representante elegidos desde y por años -, limitando el derecho de cada ciudadano a participar creadora y responsablemente en la solución de las siempre novedosas y crecientes encrucijada que nos depara el devenir.
LA SOBERANIA DE UN PARTIDO

Un retroceso histórico del derecho del hombre a la soberanía lo constituyó la presunta Revelación Socialista de Octubre, la que por inspiración de Lenin, impuso la facultad de un ente incorpóreo, una ficción jurídica, el Partido Comunista, de dirigir y orientar a la sociedad toda hacia la conquista de la sociedad ideal; el comunismo. Tal aberración jurídica de erigir en Soberano a un Partido Político  está consagrada hoy en Cuba, en el artículo 5 de la mal llamada  Constitución Socialista.

EL SOBERANO DEBE SER EL CIUDADANO

En consecuencia, la conciencia jurídica de nuestro tiempo, los sistemas jurídicos de los diferentes estados y el orden internacional vigente resultan inconsecuentes con una nueva era que dota a cada hombre de la información necesaria, para que actúe sabia y responsablemente en la solución de los problemas de un mundo contingente y fortuito.
Rousseau decía que “el hombre ha nacido libre, y está en todas partes encadenado” Y José Martí expreso en versos:
Todo es cárcel / En esta tierra.

 El aparato del estado, los partidos políticos, las doctrinas tienen los instrumentos jurídicos que les permite sustituir al hombre. Más [e]l primer trabajo del hombre es reconquistarse." Sin libertad, como sin aire, nada vive. Cuanto sin ella se hace es imperfecto y, mientras en mayor grado se le goce, con más flor y más frutos vive. La libertad es consustancial a la naturaleza humana.  Por tanto es escudo para los hombres y para los pueblos. Nace con fuerzas avasalladora en los pechos de los hombres. Y cuando el hombre la pierde conoce la hondura del infierno. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado. Los que tienen oh, libertad!, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte, decía José Martí en 1886[1]

No se trata del acto extraordinario de imponerse a los otros hombres, de ser el encargado de iluminar a los demás. Se trata del derecho y el deber natural de cada ser humano de defender su individualidad, su espiritualidad. "Ni originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual." Porque la primera libertad, base de todas, es la mente. Y realizarse, además, en armonía con la sociedad - esa que no es la colectividad abstracta, sino la suma de los individuos-, porque el hombre es un ser social.

 Hace casi cuatrocientos años, Cervantes en unos veros del nivel de su prosa expresó:

Y he de llevar mi libertad en peso

Sobre los propios hombros de mi gusto

“! La libertad  en peso!" - lo que hace suponer que causa alguna pesadumbre- es algo que brota de uno mismo, complace y a la vez cuesta trabajo y exige responsabilidad. En el fondo se trata de la verdad como autenticidad. No la del decir ni la del pensar, sino la verdad de la vida, esa coincidencia de consigo mismo y la naturaleza. Cuando el hombre no sostiene su libertad se miente a sí mismo.

Confundir las voces con los ecos, sostener silencios en apariencias de decoro es contribuir a la desorientación de los que quizás no tengan recursos para descubrirse a sí mismos. Claro es necesaria una dosis de clarividencia, de sinceridad con uno mismo, de decencia, una capacidad de distinguir, de discernir que no es universal. La salvación está en nosotros mismos, recordar el verso de Cervantes; "tu mismo te has forjado tu ventura"

.El héroe y mártir por la independencia de Cuba y la liberación de los cubanos, Ignacio Agramonte, ante sus profesores en la Escuela de Derecho de la Universidad de la Habana, ya en 1862, dijo: ..."[e]l individuo mismo es el guardián y soberano de sus intereses, de su salud física y moral; la sociedad no debe mezclarse en la conducta humana, mientras no dañe a los demás miembros de ella. Funestas son las consecuencias de la intervención de la sociedad en la vida individual; y más funestas aún cuando esa intervención es dirigida a uniformarla, destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos del bienestar presente y futuro de ella... Que la sociedad garantice su propiedad y seguridad personal son también derechos del individuo, creados por el mero hecho de vivir en sociedad"...
"La centralización hace desaparecer ese individualismo, cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad... se comienza por declarar impotente al individuo y se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su acción, destruyendo la libertad, sujetando a reglamentos sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones todas. El Estado que llegue a realizar esa alianza (del orden con la libertad) será modelo de las sociedades y dará por resultado la felicidad suya, y en particular de cada uno de sus miembros; la luz de la civilización brillará en él en todo su esplendor."

"Por el contrario, el gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan sólo en la fuerza; ya el Estado que tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano, cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan a reivindicarlos, oirá el estruendo del cañón anunciarle que cesó su letal dominación"

La interioridad del hombre, su espiritualidad, su conciencia es sagrada. Violársela sería mutilarlo en plena vida. Al hombre no se le puede conducir por cánones, doctrinas, ideologías hacia un fin predeterminado, aunque éste sea el bien intencionado camino de la sociedad ideal, porque sería convertirlo en un instrumento. En la posmodernidad el hombre necesita la plenitud de su individualidad, el afianciamiento de su capacidad de discernimiento, ante la avalancha de información y tendenciosidad, que con inmediatez nos lanzan los medios de comunicación. No es el tiempo de un modo de ser o aparentar, que una moda, expresión de cierta clase o distingo, ejerza su imperio. Es la era en que cada individuo refleje su propia individualidad. En la posmodernidad no impera una idea, una moda, sino que circula la información, reina la individualidad a fin de su plenitud y a partir de ella la donación, las concertaciones, la socialización, la trascendencia.

El Santo Padre, en su mensaje a la Jornada Mundial de la Paz, celebrada el 1 de enero de 1997, expresaba…”No se puede permanecer prisionero del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos una especie de “purificación de la memoria”, a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más”.

No se trata de olvidar el pasado -todo lo contrario- sino de releerlo a la luz de las nuevas circunstancias, juzgarlo con los valores de la nueva era, con sentimientos nuevos, aprendiendo precisamente de las experiencias sufridas. Sólo el amor construye; el odio es destrucción y ruina.

El Padre José Conrado Rodríguez, ex párroco de Palma Soriano, en entrevista concedida al periodista José Alfonso Almora, del Canal 23 de Miami y publicada en la revista Ideal No. 276, expresaba: ” Nosotros somos un pueblo herido por las divisiones y la violencia, por la desconfianza, por la sospecha. Nos hemos refugiado tantas veces detrás de la máscara del temor, porque el temor nos ha hecho fabricar muchas máscaras… Necesitamos alguien que nos convoque en nombre del amor. Nosotros vivimos prisioneros del pasado, prisioneros de nuestros odios y nuestros miedos, desconfiando unos de los otros, los de la isla de los de afuera, los de afuera de los de adentro de la isla… Necesitamos a alguien que nos mire a los ojos y nos diga: levántate y echa a andar. Y no en nombre de una ideología sino en nombre de Aquel que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos”

Es imprescindible generar confianza, discutir contenidos, inventar el futuro, articular estrategias, promover fuentes de acción, aprovechar los momentos de verdad (las verdades no son eternas), reconocer con sinceridad, mantener la atención, crear conciencia (en virtud de conocimientos), obtener pequeños resultados para lograr grandes cosas y cerrar con el pasado.

El instrumento para llevar a cabo una agenda de cambios coherentes es la eficacia del discurso. Una realidad nueva exige novedad en el lenguaje. La clave para crear una nueva realidad descansa en comunicar compromisos y hacerlos realidad palpable. A pesar de que hace más de cien años José Martí, a quien ya los soldados en armas llamaban “Presidente”, sólo se consideró un “Delegado” de los que dentro de la isla entregaban su vida a la causa de la libertad, y a tales fines se encargó de recabar, centavo a centavo, recursos para sostener la “guerra necesaria”.

El caudillismo – cáncer de nuestra historia- nos hace ver a nuestra propia tendencia como la única salvadora, convirtiéndonos en adversarios de nuestros compañeros. No marcha sin tropiezos quien en vez de mirar al frente pone los ojos por sobre los hombros. No tiene futuro el proyecto político que pretenda evitar algo, en vez de vislumbrar el porvenir. “Es necesario todavía hacer una revolución, que no haga Presidente a su caudillo. Una revolución contra las revoluciones. El levantamiento de todos los hombres pacíficos -soldados solamente una vez- para que ellos, ni nadie, vuelvan a serlo jamás”, avizoró el apóstol José Martí.

 [1]  Roberto Agramonte. Martí y su concepción de la sociedad. Centro de investigaciones sociales-upr. 1979. Pág. 83.

miércoles, 2 de abril de 2014

MADURO Y DIOSDADO CABELLO DAN UN GOLPE DE ESTADO EN VENEZUELA

 En el sistema Republicano, los poderes del Estado son independientes. Siempre se ha caido en el vicio de llamar GOLPE DE ESTADO, cuando es el EJECUTIVO el que es despojado de sus atributos...

 PERO COMO PUEDE LLAMARSE al acto en virtud del cual EL EJECUTIVO secuentra las funciones de UN PODER que debiera ser independiente, como lo es el PODER JUDICIAL.

 Como se puede despojar a un legislador de su cargo, para el cual fue elegido por el pueblo (que debe ser el soberano), sin siquiera, un DEBIDO PROCESO DE LEY. Sin siquiera haber sido escuchada.
 

lunes, 31 de marzo de 2014

CUBA POSTCAPITALISTA

Por Alexis Jardines

Un contexto mental a rebasar

Defender al individuo concreto —o, al menos, al ciudadano real de carne y hueso— por encima de las abstracciones y de los símbolos rituales es el único modo de preservarse de los nacionalismos patrioteros, las dictaduras clasistas y las ideologías totalitarias. Está claro que el reclamo mambí de una “Cuba libre” es insuficiente; también —y más bien— lo que necesitamos es un cubano libre. Ningún mérito histórico cabría esperar de una Revolución que no trasciende el ideario de sus rebeldes ancestros, quedándose atascada durante medio siglo en la aparente solución de un problema —la soberanía nacional— que parece superado por las propias condiciones del mundo actual.

Por otra parte, la soberanía no es más que una expresión de libertad formal. El hecho que todos seamos libres no significa todavía que lo sea cada uno de nosotros; el hecho que una nación sea soberana no garantiza que lo sea cada uno de sus ciudadanos. La libertad real sólo se alcanza si se refiere e involucra a la persona en su integridad, no a las facetas abstractas de su existencia. Incluso a nivel de individuo, libre sólo puede ser Juan Pérez y no sus representaciones, encarnadas en los roles que él desempeña en la familia y en la sociedad (médico, cederista, militante, obrero, intelectual, militar, deportista, delegado y, también, ciudadano, entre otros) tan proclives todos a la manipulación y al control. Una realidad globalizada requiere de una mentalidad postnacional. Pensar en términos postcoloniales en un mundo postmoderno es algo que tiene más de quijotesco que de revolucionario. Así, el proyecto castro-marxista de una sola Revolución naufragó en medio del camino que conduce de la soberanía a la libertad.

En semejante contexto vale la pena reflexionar sobre la reforma de la enseñanza en Cuba. Pudiera decirse que a los Padres Fundadores (Caballero, Varela, Luz) les guió un sentimiento postcolonial. El mérito de estos grandes maestros no debe buscarse en la enseñanza de la filosofía, y mucho menos en la reforma de la filosofía, tarea para la cual no estaban capacitados. Su gran legado a la cultura nacional fue la reforma de la enseñanza, con especial atención a la filosofía. Una deliberada distorsión posterior los convirtió de maestros en filósofos, para articular una pseudo tradición de pensamiento filosófico cubano. Así, las tendencias positivistas de estos Padres Fundadores —que luego cristalizaron en Varona— se reinterpretaron “a la soviética”: los educadores se convirtieron en “demócratas revolucionarios” y fueron acoplados directamente al marxismo republicano tardío, con el propósito de inventar una tradición que legitimara la irrupción en la Cuba revolucionaria del marxismo soviético.

En lo que a la reforma de la enseñanza de la filosofía se refiere, desde el presbítero Varela no se ha retrocedido, pero tampoco se ha adelantado un paso. En nuestras universidades, la escolástica marxista sustituyó a la escolástica medieval y los brotes anti manuales y anti dogmas que hoy se observan no van más allá de las propuestas de Varela y de Luz en su época. Probablemente, el rescate de la tradición reformista en la enseñanza no sea factible sin un criterio postnacional, donde la ideología marxista quede reducida a una simple opción. Por ahora, el marxismo mantiene la dimensión de pensamiento único y sigue determinando una educación doctrinal y apologética. Por eso el laicismo de nuestra educación es bastante sui géneris: no se gana mucho con separar la Iglesia del Estado si este último asume funciones de naturaleza religiosa.

Aprovecho la ocasión para advertir del peligro que puede representar a estas alturas las reacciones de los propios marxistas de corte estalinista contra el manualismo, el dogmatismo y otras posturas que entre ellos mismos germinaron. No promueven de tal modo más que una falsa imagen crítica, ya que su extemporaneidad es, en realidad, conservadora. Es curioso, en las instituciones cubanas se fomenta hoy una crítica que no sólo es orientada desde arriba, sino que responde a la realidad vivida en los años 70. El resultado es que la propia crítica enmascara la realidad presente, legitimando el statu quo. Por eso, en lugar de cambios, yo he preferido hablar de maniobras raulistas.

Tampoco representa una solución real la conversión de los otrora marxistas soviéticos al “marxismo postmoderno”. El marxismo y el pensamiento postmoderno pueden llegar a coquetear pero, en el fondo, son incompatibles. Un marxismo postmoderno es una contradicción en los términos, pues la postmodernidad es, en buena medida, postmarxista. No se olvide que una de las dos condiciones de partida del pensamiento postmoderno es —según J-F Lyotard— la incredulidad con respecto al metarrelato de emancipación, es decir, al marxismo. Una buena parte de los académicos cubanos cree haber encontrado una solución al vacío retórico que dejó la extinción del marxismo soviético refugiándose en el marxismo occidental, antes vilipendiado por ellos mismos y acusado de revisionismo, siguiendo las directivas de Moscú. Semejante reciclaje de la escuela de Frankfurt los hace anclarse, en cambio, a una modernidad preglobalizada y con herramientas conceptuales obsoletas como pueden ser las del freudomarxismo.

¿Qué posibilidades puede tener todavía el marxismo dentro de la cultura cubana? Yo diría que hoy es un espectro, que irá languideciendo cada día un poco más. No veo que en las condiciones de la Cuba actual el marxismo pueda aportar algo culturalmente significativo, sino que actúa, antes bien, como un lastre. Pudiera afirmarse, parafraseando a Ortega, que lo que tiene de bueno el marxismo cubano es lo que tiene de cubano, no lo que tiene de marxista. Y no se tome esto como una manifestación de nacionalismo, sino como el reconocimiento de que el marxismo no logra prender en nuestra cultura y hasta nos impide comprender lo que sucede hoy a nivel planetario. Por consiguiente, nos las arreglamos mejor sin él. Se avecinan tiempos en que se volatilizará totalmente de nuestras vidas y de nuestras mentes, producto del rechazo natural que experimenta cualquier cuerpo social ante el pensamiento único, sobre todo cuando se trata de dosis tan altas y sostenidas.

Al mismo tiempo, no debemos confiar en que el marxismo sea tan sólo una ilusión sin porvenir. Hegel dejó bien claro que todo lo que es llevado hasta su extremo se transforma en su contrario. Cabe esperar que sea la magnitud del propio rechazo del marxismo la que genere su consiguiente añoranza en generaciones futuras. Dicho de otro modo, el total olvido, la prolongada ausencia y, sobre todo, la demonización a que seguramente se verá sometido crearán las condiciones para que, trasmutado, florezca de nuevo.

La cosecha del miedo

Durante ese período de algo más de medio siglo de hibernación que ha vivido Cuba al margen del tiempo real, ha pesado como nunca antes sobre nuestras cabezas un estigma que hunde sus raíces en la Colonia. Adaptado a las nuevas necesidades de legitimación simbólica de un proyecto carente de estructura de plausibilidad, como lo es la Revolución, el rechazo del anexionismo reaparece bajo la glamurosa acusación de plattismo.  La manera en que se han estigmatizado históricamente a los simpatizantes de la cultura norteamericana ―y especialmente a aquellos, cuyo simple sentido común los llevó a la idea de integrarse política y económicamente a los Estados Unidos― denota cuán ajenas han estado las huestes nacionalistas a eso que se llama democracia.

La propaganda revolucionaria no solo impuso el modelo soviético y su adoración, sino que se las arregló para crear, no sin manipulación de la historia nacional, el terror irracional hacia la sola posibilidad de concebir una integración de Cuba al suelo norteamericano. La soberanía de Cuba ―o, más bien, su limitación―se hacía depender del tipo de relación que se estimulara con los vecinos del norte (definidos como enemigos de la nación). Una relación amistosa y camaraderil caía inmediatamente bajo sospecha; una hostil, violenta y excluyente era gratificada en grado sumo. La cuestión personal y democrática de la elección, el respeto a la libertad individual y al derecho ciudadano, todo ello era y continúa siendo groseramente violado en nombre de la sagrada perreta antiplattista. Y hay que decir que con muy buenos resultados, por cuanto los cubanos que han envejecido en la Isla llevan ocultos sus deseos de integración a la gran nación del norte como hasta hace poco muchos llevaban penosamente oculta su homosexualidad. En Cuba era preferible (y hoy lo es más que nunca) ser maricón que ser anexionista. La respuesta a la pregunta por cuántos cubanos hay dentro del closet del anexionismo yace en el nivel más profundo del alma colectiva como el secreto mejor guardado de la nación.

Así tenemos que el reproche de anexionismo es válido exclusivamente cuando el país en cuestión es Estados Unidos. Por lo demás, Cuba está dispuesta a integrarse hasta con Afganistán o Corea del Norte sin el menor pudor. La perreta de la soberanía solo esconde el temor a perder las prerrogativas que le confiere un Estado totalitario a la clase política gobernante, a saber: la indefensión ciudadana, el saqueo moral y material del individuo frente al omnipotente y omnipresente aparato estatal y/o gubernamental y, en última ―aunque más importante― instancia, al líder del Politburó. La perreta antiplattista, íntimamente vinculada a la anterior, obedece al temor a que colapse el mecanismo de legitimación simbólica tras una apertura democrática y transnacional, lo cual conllevaría al descrédito del metarrelato nacionalista. De modo que ambas son extremos de una misma relación. Por otra parte, no se puede ser anti-integracionista en general sin ser antidemocrático. El integracionismo de los países del ALBA es selectivo y exclusionista, así es que todo el que está en el otro extremo tiene el derecho de devolver la pelota a la cancha de los castro-chavistas. ¿Por qué todo esto? Para no quedar expuestos al escrutinio internacional, para continuar cosechando la cultura del miedo, la expoliación del ciudadano y el secretismo, que es el sostén de la Revolución.

¿En qué radica el peso de este estigma? No solamente en que es un peso histórico, sino en su connotación moral. El logro de la propaganda revolucionaria consistió, en este caso, en igualar la simpatía por los norteamericanos con la actitud de la prostituta. Sutilmente, los mecanismos más viles se ponen en juego aquí, de tal modo que aun el defensor de la integración a los Estados Unidos cree que comente un pecado obsceno e inmoral. La solución no puede ser otra: permanecer en el closet. Ahora cabe la pregunta. ¿Con qué derecho ningún cubano ―sea castrista, comunista, marxista, leninista o todo junto― puede cuestionar la decisión personal de su compatriota? ¿Por qué les molesta tanto a los revolucionarios la sola posibilidad de que alguien tenga una opinión o elección diferente, al punto de llegar a atentar contra la vida de quien así se proyecte? 

Es absurdo pensar que la nacionalidad cubana se vea amenazada por el “enemigo plattista”, en todo caso la amenaza es la Cultura misma y no la elección o la opinión de los individuos libres. Pero sucede que, así como no podemos ir contra la Naturaleza tampoco podemos ir contra la Cultura. Es esta última la que modifica los valores nacionales, la que los preserva o extingue (Claro que no debemos reducir la Cultura al conjunto de las bellas artes y el folklore)[i]. Así que va siendo hora de tomar partido: o por el derecho a la libre expresión y elección o por el totalitarismo y el control de las voluntades individuales; por la Cultura o contra la Cultura.

La sociedad del conocimiento

No se trata de negar el papel del Estado ni de enterrar el capitalismo. Los sepultureros de Marx se quedaron finalmente sin empleo, mientras el sueño comunista de una sociedad sin Estado se desvaneció apenas fue concebido. Hay que hablar en términos de transformación, de cambio de funciones, de transmutación si se prefiere. Los Estados tienden a ser multinacionales, nodos de una red que es la sociedad global; y el capitalismo: la plataforma sobre la que han de levantarse las futuras sociedades del conocimiento.

El concepto de lo transnacional tiene un sentido espacial; el de lo postnacional, en cambio, es algo que se entiende desde ángulo temporal. ¿Hacia dónde va la Cultura? Obviamente hacia la integración y el derribo de las barreras nacionales junto esa arcaica ideología que pretende conservarse estanca, a la vieja usanza medieval. El nacionalismo representa hoy un retroceso, un severo freno a la libertad, al pensamiento y a la creación. Aquí es imprescindible escuchar a Bergson: “De diez errores políticos nueve consisten en seguir considerando verdadero lo que ha dejado de serlo…”[ii] ¿Qué nos queda, pues? ¿La anexión a los capitalistas norteamericanos como única opción? ¿El Plattismo?

Primero quisiera que el lector me respondiera un par de preguntas: ¿Es China capitalista o socialista? ¿Y Venezuela? La Cuba raulista ¿cómo la clasificaría? No me lo diga, sé que no tiene respuestas. Pruebe enfocar las cosas así: a partir del final de la Guerra Fría y con el advenimiento de la postmodernidad los conceptos de capitalismo y socialismo cayeron en desuso, simplemente ya se muestran obsoletos para caracterizar la realidad política, económica y cultural de los tiempos presentes. Los efectos de la globalización están rediseñando el mapa mundial, mientras la Tecnología (en tanto forma dominante de la Cultura) ha trastocado todos los valores, las instituciones, las relaciones interestatales y las personales. El conocimiento mismo ha experimentado una brutal transformación y, con él, todo el edificio de la Ciencia.

Mientras los anti-anexionistas (por lo que ha de entenderse a los revolucionarios que prefieren anexarse a cualquiera, excepto a los Estados Unidos y que pretenden negociar con cualquier extranjero antes que con los propios cubanos) andan echando peste y estimulando el odio, ese gran país se ha convertido en un Estado de nuevo tipo: multicultural, democrático y postnacional. De la misma manera que Cuba ya no es socialista Estados Unidos ya no es un país capitalista, sensu stricto. Y mientras los anti-plattistas ladran ellos nos ganan la carrera del conocimiento. De una manera u otra todas las naciones están sujetas a un proceso de hibridación cultural y transnacionalización. Los Estados Unidos, para tranquilidad de los que permanecen dentro del closet y de sus propios represores, ya no es tan americano ni tan capitalista. Es una sociedad multicultural y postcapitalista en la que todos tienen cabida. Sin embargo, no es la única con estas características; la Unión Europea, por ejemplo ―a la que a la Cuba raulista le encantaría anexarse― también lo es. Así es que la integración va y el que la gente tenga sus preferencias socio-económicas y culturales no los hace prostitutas.

El mundo hacia el que debe mirar la nueva Cuba es, pues, el de las sociedades del conocimiento, por la simple razón que ese es el futuro inevitable que se nos ha negado a los cubanos dentro de la Isla por un gobierno dictatorial, inepto y provinciano. Nuestro futuro no está ni en la mano de obra y el trabajo, al estilo marxista; ni en el capital y la acumulación, según el modelo que transmuta frente a nosotros. El conocimiento viene siendo ya el recurso fundamental y el crimen de lesa Cultura consiste justo en hundirnos cada vez más en esa Brecha Digital que define hoy quien es pobre y quien no lo es. Estamos del bando de los analfabetos funcionales, de los desconectados ―es decir, de los perdedores― por obra y gracia de un grupo de anti-plattistas incompetentes que todavía ignoran que quien manda en el mundo no es ni el socialismo ni el capitalismo sino la Tecnología, la cual solo germina en situaciones trans y postnacionales de integración, democracia, libertad y multiculturalismo.

El Estado-Nación ―aun en sus particularismos ideológicos― fue un subproducto del proceso secularizador que trajo consigo el advenimiento de la Ciencia como forma dominante de la Cultura en la modernidad tras causar el colapso del Ancien Régime. Lo que pueda suceder finalmente con el socialismo y el capitalismo en ese nuevo universo simbólico dominante que es la Tecnología, es algo que excede con mucho tanto el poder económico de los Estados Unidos como las componendas y ―a menudo macabras― maniobras raulistas de actualización. Una vez más, escuchemos no a Marx, sino a Hegel: “Cuando la forma sustancial del espíritu se ha transformado, es absolutamente imposible querer conservar las formas de la cultura anterior; son hojas secas que caen empujadas por los nuevos brotes que ya surgen sobre sus raíces”[iii].



[i] Véase el desarrollo del concepto de Cultura en mi libro: El cuerpo y lo otro. Introducción a una teoría general de la Cultura. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004.
[ii] “Y el décimo ―agrega el filósofo―acaso el más importante, en no considerar verdadero lo que en realidad lo es”.
[iii] Véase el Prólogo de Hegel a la Fenomenología del espíritu.